24 dic. 2012

El hígado de Perry.


Hablando con un buen amigo mío acerca de (CHAN CHAN) sentimientos (Lo sé: ¿WTF? He de mencionar que esto no es nada habitual, ya que nuestras conversaciones suelen derivar siempre en divagaciones tales como lagartijas anémicas, la bella y graciosa moza que marchose a lavar la ropa etc., tecnocracias utópicas, y cervezas, al final siempre salen las cervezas… Y me reafirmo en que no me gusta la cerveza, demontre, ¡que no!). Pues lo dicho, estaba yo pensando…

…mostrar sentimientos. Mostrar sentimientos (hasta la palabra es ñoña; de hecho, tengo la sensación de que cualquier frase en la que pongas esta palabra, se hará ñoña, como por arte de birlibirloque. ¿No os lo creéis? Voy a hacer la prueba, y así os lo demuestro y me quedo tranquila:

 1.-La mandarina es naranja.
 2.-La mandarina tiene sentimientos naranjas.

¿Lo veis? ¡Ñoño, os digo! Entrañable también, si, la mandarina es majísima, lo sé... pero como os decía: Sobre todo, es ñoño).

El caso, que me voy por las ramas, para no variar. Para no hacer esto tan… ñoño (necesito un diccionario de sinónimos: Santa Claus, si estás ahí… ¡Ya sabes, hoy es el día propicio!), voy a plasmarlo en una historieta, donde hígado significará sentimientos (dándole este toque un poco visceral me creo que le quito ñoñez al asunto). Ahí que os va:

“No puedes compartir tu hígado con cualquiera. Tienes que tener primero la certeza de que la persona con la que estás compartiendo tu hígado es especial, que lo merece, que se lo ha ganado, (si ha tenido cirrosis, por ejemplo, corres el riesgo de que destroce tu hígado del mismo modo que hizo con el suyo).

Esto lo sabía muy bien Perry, aunque ni Perry lo supiera. Y es que Perry, durante toda su vida había compartido su hígado con todo tipo de personas, que se habían reído de que su forma no era lo suficientemente triangular, de que su color era demasiado intenso o de que su textura no parecía ajustarse a los cánones del Hígado dictados por la sociedad en que Perry vivía. Así que Perry, triste porque las otras personas no habían sabido apreciar su hígado, un buen día se levantó y dejó de compartirlo, sin más. Os diré con ojo clínico que Perry tenía un hígado especialmente bonito: Voluminoso, brillante de vitaminas, rojo como un rubí. No hace falta que os diga que las personas que no habían sido capaces de apreciar esto eran un poco inexpertas e inmaduras, con un ojo clínico pobremente desarrollado.

Pasaron muchos años, y el precioso hígado de Perry fue quedando en el olvido, recluido y confinado en su interior. Perry no se daba cuenta, pero su hígado latía por ser compartido. Se sentía triste, y su color rojo rubí brillaba cada día un poco menos: Se estaba volviendo un hígado apagado (a los hígados, que a veces toman conciencia de sí mismos y parecen tener vida propia, les gusta mucho de vez en cuando salir a dar un paseo; son presumidos y, aunque huidizos, tienen buen corazón y aprecian la calidad cálida de otros buenos hígados brillantes; los hígados, amigos míos, y esto es algo muy importante que debéis saber y no podéis olvidar, brillan más y más con cada hígado afín en el que se ven reflejados, henchidos de orgullo y esperanza, más rojos y brillantes que nunca).

Así que un día, Perry tuvo un colapso hepático, y fue al hospital, sin saber muy bien qué le pasaba. Por suerte (démosle un buen final a nuestro amigo Perry, ahora que ya he contado lo que quería contar), allí encontró a una enfermera con un hígado resplandeciente, brillante por compartir sus preciosos hepatocitos lindamente hexaédricos, que finalmente consiguió con sus fuertes células de Kupffer (esto, queridos lectores, como inciso y excusa para que aprendáis un poco de histología [no sé por qué me ha dado por ahí, pero bueno, nunca está de más saber algo nuevo], son macrófagos, es decir, los duendecillos [no son duendecillos, son células, pero ya sabéis que estoy tarada y escribo lo que me da la gana que para algo es mi blog] que se encargan de limpiar todas las cosas malas y envejecidas, en el caso del hígado de Perry, los malos recuerdos, los miedos, las experiencias feas, los eritrocitos viejos…), pues eso, que nuestra buena enfermera, con sus fuertes células de Kupffer y la más sincera de sus sonrisas, consiguió iluminar de nuevo el hígado de Perry, reparando sus heridas y enseñándole las maravillas de compartir el hígado con quien realmente así se lo merece y es capaz de apreciarlo. Y esta es la historia del hígado de Perry”


Moraleja: 
No compartas tu hígado con alguien que tiene cirrosis, 
o si acaso, cúrale la cirrosis primero.

21 dic. 2012

El verdadero fin del mundo.


Hoy vengo calentita aún con el fresqui que hace y dispuesta a repartir a diestro y siniestro, así que quien tenga un buen día de la alegría en Yupilandia y no quiera sumirse en pensamientos reales la mar de deprimentes, que no siga leyendo; yo ya os lo he advertido. Aunque claro, también podéis seguir leyendo para disfrutar de mi natural y graciosa dialéctica, y pasaros el contenido por el forro. Luego un buen trozo de turrón de chocolate, y como si nada, como viene siendo costumbre (me lo aplico, no os preocupéis; mejor comerse un buen trozo de turrón de chocolate que tirarse por la ventana). Y os preguntareis: “Pero mi querida muchacha, ¿qué cable se te ha cruzado ahora para venir de un humor tan agrio y qué haces que no estás saltando por los bosques?” Pues os lo voy a contar, y os aguantáis, que el blog es mío y escribo lo que me da la gana. He dicho.

El caso es que vengo de dar una vuelta nada agradable ni alegre (gracias música por amenizarme el suplicio) por el centro de la ciudad, tan navideño y jolgorioso y lleno de adornos y luces, hasta los topes de despreocupadas personas que felices terminan de conseguir sus últimas compras navideñas (me guardo para otro día la diatriba del “¿Por qué regalamos cosas en navidad?” con base neurológica y todo, si queréis). Y entre esa multitud estaba yo, con la misma finalidad, para qué engañaros (intentaba conseguir regalos y, como anecdótico y por mi naturaleza de persiana [que se enrrolla], diré que me he vuelto con las manos vacías y veremos si no me toca repetir mañana tamaña hazaña, toma rima).

El caso es que mientras andaba entre esa multitud, no he podido evitar fijarme en la cara triste del hombre del acordeón, que envuelto en su abrigo y con la bufanda hasta la nariz tocaba un villancico amargamente alegre nada a juego con su expresión, y en la señora que con un vasito de plástico pedía unas monedas en la puerta de una pastelería, y en el señor que aguantaba impasible durante horas (lo sé porque seguía con la misma postura cuando he vuelto a pasar a su lado) arrodillado sosteniendo una bandejita (cuando yo he pasado, los chicos de delante se han chocado contra esta bandejita y el hombre, como un árbol, se ha mecido por un momento hacia el lado con la inercia para enseguida volver a su posición, indiferente. La bandejita estaba vacía, por cierto).

Y es que, al margen de estas pequeñas desgracias individuales que parecen no afectarnos mientras caminamos cargados de bolsas con regalos y bollos recién horneados, por lo visto el Ayuntamiento de mi actual ciudad de residencia se ha ahorrado 9.700€ en iluminación navideña este año. Parece ser que “el consumo eléctrico por el alumbrado de Navidad será de 124€ diarios, gastándose en total 4.741€ (el año pasado fueron 14.449€)”. Aquí la noticia: 

http://www.elperiodicoextremadura.com/noticias/badajoz/el-ayuntamiento-de-badajoz-ahorrara-9-700-euros-en-su-iluminacion-navidena-que-sera-100-led_696170.html

A mí todo esto del ahorro energético me parece muy bien, pero aún y con todo me lleva a preguntarme… ¿Por qué está tan mal organizado todo? ¿y por qué nos quedamos todos tan callados? (Esta última creo que me la sé: Involucrarse en los problemas del mundo real significa correr el riesgo de volverse loco o un amargado al ver que no somos capaces de cambiar nada… Humor ante eso). El caso, habiendo gente pasando frío y hambre en la calle, y algunos hasta en sus casas, ahora más que nunca, ¿Es realmente más importante alumbrar las calles para envolver en un tono de falsa alegría una celebración tan inútil y sin sentido que invertir ese dinero en cosas más importantes y menos frívolas? Con 4000€ de sobra le daría al Ayuntamiento para organizar un buen banquete público y gratuito al que estuvieran invitadas todas aquellas personas que quisieran asistir (mejor me callo respecto a qué narices va a hacerse con los 10.000€ que se han ahorrado este año). Una comida caliente, con un buen postre; un buen festín de Navidad (tanto que se nos llena la boca en estas fechas con esta palabra que tan poco sentido parece tener) para todos aquellos que quieran disfrutarla. Sé que ya existen comedores sociales y demás, pero obviamente, no es suficiente. 

Y me pregunto, si esto se me ha ocurrido a mí dando una vuelta por la ciudad, ¿de verdad no se le ha ocurrido algo parecido a ningún político? ¿O será que si comes muchas gambas y puedes comprar regalos sin tener que mirar los precios no te planteas estas cosas?


El silencio te puede hacer invisible, pero la multitud también.